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06/29/22

El mejor negocio en Argentina

Gustavo Ammaturo

 

Si analizamos la evolución de los resultados de las empresas en nuestro país, fundamentalmente las que sobrevivieron a los avatares de la economía de los últimos 100 años podríamos clasificar en estos sectores cuáles han sido las de mejores desempeño. 

En primer lugar encontraremos todos los tipos de monopolios que se ofrecen en nuestro mercado. Desde servicios públicos, que a pesar de los controles tarifarios, ajustan con calidad de servicio, falta de inversiones e incumplimientos en los pagos de sus proveedores las diferencias entre los ingresos y sus obligaciones contractuales, hasta proveedores de alimentos, productos de limpieza, higiene, laminados de aceros, aluminio, insumos para la industria plástica, supermercados, bancos, etc.

Los empresarios argentinos entendieron muy bien que el mejor negocio es concentrar oferta y si se trata de productos primarios, esos que el resto de la industria necesita para su producción mucho mejor. 

Un lugar privilegiado tienen todas las firmas que hacen negocios con el sector público. A pesar de las quejas por las formas de pago y las complejidades administrativas y burocráticas que implica cumplir con los reglamentos de contrataciones públicas, las mismas hacen de barreras para que nuevas empresas poco “experimentadas” puedan ingresar a este mundo tan rentable. 

En tercer lugar podemos incorporar a los grandes productores agropecuarios, que gracias a las innovaciones en tecnología han multiplicado producción y bajado riesgos. Semillas transgénicas, fertilizantes, siembra directa y maquinarias más eficientes han mejorado los resultados durante los últimos 20 años.

En siguiente lugar todas las industrias medianas y livianas que han contado con reservas de mercado, algunas por dificultades en el otorgamiento de permisos de importación y otras por dificultades para acceder al mercado oficial de cambio. En situaciones donde la brecha entre los distintos cambios, oficiales y financieros oscilan entre el 50% y el 100%, es inevitable dejar los dólares baratos para satisfacer la demanda de productos esenciales, materias primas industriales, medicamentos, tecnología crítica y alguna otra cosa más. 

El negocio de las empresas pasa por la Secretaría de Comercio, el Banco Central y la oficina de comercio exterior del banco con el que trabajan. La brecha es tan grande que no hay eficiencia, productividad, premio o precio que le compita. Es por eso que tanto los que acceden a los beneficios de dólar oficial, como los que deben buscar otros caminos alternativos, fijan sus precios en función al dólar más accesible, ese es el más caro, circunstancialmente, muchas veces gana mucho dinero arbitrando entre los dólares. Ejemplos clarísimos observamos en la industria textil. Las principales marcas de nuestro país tienen precios iguales o superiores a las de algunas propuestas internacionales, el punto es que los ingresos en Argentina son del 50% menos que en las otras plazas. 

Sin dudas, lo que ocurre en el sector automotor es de los más llamativos. Mientras que los concesionarios adquieren los vehículos que venden al tipo de cambio oficial, en muchos casos, los ofrecen al valor del dólar billete, es decir casi al doble de lo que les cuesta. Para ello recurren a diversas maniobras, como que los vehículos disponibles son de clientes que los compraron previamente u otro tipo de triangulaciones. Esto provoca varias alteraciones, principalmente fiscales, pues al facturar dólares lo realizan al cambio oficial, es decir que declaran recibir muchos menos pesos de los que efectivamente reciben, obviamente sin tributar por esa diferencia, esto incluye, IVA, ganancias, ingresos brutos e impuestos a los débitos y créditos bancarios.

El argumento a favor de estas prácticas irregulares yace en que tienen pocos cupos para importar vehículos y que con los pocos que reciben deben aguantar las estructuras de los negocios. Un mercado irregular de otorgamiento de licencias para importar propone mercados irregulares tributarios también. 

Igualmente nada puede superar al magnífico negocio de ser Estado en Argentina.

Tal como profesa la frase que para muestra sobra un botón, analicemos al sector exportador de soja, que resume en una actividad muchas de las circunstancias a las que los emprendedores y trabajadores argentinos estamos viviendo:

El Estado percibe entre impuestos, diferencias de tipo de cambio y retenciones el 66,58% de la venta de la soja. Esto sin considerar los impuestos que devengan todas las actividades relacionadas con la industria, tales como el IVA, ingresos brutos, ganancias de toda la cadena industrial, fabricantes de semillas, contratistas de labores, proveedores de maquinas y herramientas, camiones y camionetas, comidas de personal, y decenas de actividades que tributan por sus actividades. 

En total más del 75% del precio de venta vuelve a través de distintas formas al Estado, todo esto sin invertir un solo peso, sin correr un solo riesgo. El clima, la seguridad de tránsito, los precios internacionales, la gestión de cobranza, el movimiento del dinero, las relaciones laborales y todos los riesgos empresariales son ajenos al recaudador.

Por todas estas razones, ser el Estado,  es sin dudas, el mejor negocio de la República Argentina. Sin embargo, a pesar de tener negocios de rentabilidad infinita, la ineficiencia de los administradores hace que nada alcance, incluso teniendo negocios tan buenos. 

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