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domingo 26 de junio de 2022

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06/14/22
Espejismos
Gustavo Ammaturo
06/14/22
Espejismos
Gustavo Ammaturo

 

Cuando era un niño, sentía gran curiosidad y fascinación por los espejismos.

Recuerdo viejas películas con sus protagonistas en medio del desierto que veían a lo lejos lagos con aguas cristalinas pero que a medida que aceleraban el paso para acercarse no acortaban distancia.

Incluso abundan los dibujos animados en los que los personajes se zambullen de cabeza en hermosas piscinas ficticias topando con arena, tierra o hirvientes bloques de cemento.

En verdad los espejismos visuales son producto del efecto de la luz reflejada en algunos entornos al pasar por capas de aire de diferentes densidades y a determinadas distancias.

Tal vez por eso, relaciono a los espejismos como algo que, si bien es irreal, produce efectos reales, pues, al menos en el ánimo de quien los percibe, generan falsas expectativas.

El mismo vocablo, asociado a la palabra espejo, refiere a una deformación engañosa de la imágen, sin embargo existen otros tipos de espejismo representados en formas diferentes a las visuales, tan falsos y engañosos como los del desierto o el asfalto.

La economía de nuestro país es tierra fértil para la proliferación de este tipo de fenómenos.

Es usual que muchas de las cosas que parecen no lo sean, salvo que en este caso la ilusión es producto de lo que, quienes estamos más cerca, nos creamos lo que vemos, escuchamos y sentimos.

Los espejismos de la economía Argentina, a diferencia de los de las películas, que prometen frescura frente al sol de los desiertos, pueden ser agradables como estos o frustrantes y decadentes.

Veamos en el pasado reciente ambos casos.

Ley de Convertibilidad

El 27 de marzo de 1.991 el Congreso de la Nación aprobó la Ley 23.928, conocida como Ley de Convertibilidad. La misma implicó el cambio de denominación de la moneda, Australes a Pesos, la fijación de un nuevo tipo de cambio, fruto de una fenomenal devaluación, la reducción de cuatro ceros en nuestra moneda, el reemplazo de los depósitos bancarios por títulos de deuda soberanos y la fijación del tipo de cambio en que por cada uno de los nuevos pesos habría un dólar de respaldo en el Banco Central, es decir que Argentina tendría un peso convertible a dólares.

La economía se volvió bimonetaria, pues los bancos podrían ofrecer cuentas en ambas denominaciones y pasar de una a otra con bajos costos, de hecho existían cheques emitidos en pesos y dólares.

Este modelo resolvió rápidamente el proceso hiperinflacionario en el que Argentina se encontraba desde hacía al menos dos años, 1.989 y 1.990.

Durante los primeros tiempos el país creció de manera exponencial. La aparición del crédito, el ingreso de fondos del exterior que buscaban rentabilidades mejores que las ofrecidas en otros mercados junto con una fuerte política de reducción del gasto público por medio de la venta de empresas de servicios, tales como compañías de telefonía, distribución de gas, agua, energía, incluso la misma YPF, principal productora y distribuidora de combustibles del país, generaron un doble impacto positivo hacia la demanda de pesos, pues el gobierno había dejado de emitir y los dólares ingresaron a granel.

Argentina había atado su política monetaria con el ingreso de una divisa que obviamente, no producía. Los únicos caminos posibles para resolver cuestiones de la caja pública eran:

  • https://www.fin.guru/wp-admin/post.php?post=4546&action=edit#la solvencia fiscal, es decir gastar menos o lo mismo que ingresa;
  • el ingreso de divisas vía la venta de activos públicos;
  • el endeudamiento.

Por cuestiones obvias, la política se manejó muy bien mientras existieron las dos últimas opciones. Cuando se agotaron los activos vendibles, llamados en esos tiempos por los opositores “joyas de la abuela”, y el crédito internacional se agotó, pues los indicadores mostraban un país sobreendeudado, el modelo colapsó.

Sin embargo, durante casi diez años los argentinos disfrutamos del oasis que ofrecían los dólares equivalentes a un peso comprando productos al por mayor en el exterior, cambiando el parque automotor por modernos autos importados, o incluso ayudando a nuestros familiares europeos que sufrían por las devaluaciones de la peseta o la lira, previas a la implementación del euro.

El espejismo de la sobrevaluación del peso es tal vez el más divertido pues invita a disfrutar el poder adquisitivo ficticio que tiene la moneda en cualquier lugar del mundo, nos permite participar de igual a igual con el jet set internacional y, para los que pueden, atesorar moneda dura para los momentos de realidad u otros espejismos menos disfrutables como el que viene a continuación.

Crisis de 2001

Al estilo de las catástrofes proféticas la salida de la ilusión de la convertibilidad llevó a la incertidumbre total en cuanto a cuál debería ser el valor de nuestra moneda.

En pos de mantener una pseudo paridad cambiaria se ensayaron piruetas monetarias super creativas, tan irreales, ficticias y carentes de proyección como lo son los reflejos de los charcos inexistentes en el fondo de las rutas.

Corralito, corralón, cuasimonedas, controles de cambio, restricciones, y otras yerbas que una vez más terminaron con el reemplazo de los depósitos en dólares por títulos públicos con vencimiento a diez años y una brutal devaluación que llevó al dólar de uno a casi cinco pesos en poco tiempo.

El nuevo espejismo era mucho más desagradable, los argentinos eran en su mayoría pobres, estaban endeudados, sus activos valían casi nada y los sueldos pasaron de ser de los más altos de la región a los más bajos.

El shock duró un par de años, hasta que se entendió que tan brutal pérdida de poder adquisitivo en la moneda tampoco era real. La baja en los costos laborales, en los servicios públicos que habían quedado congelados a los valores previos a la devaluación, los inmuebles que habían perdido hasta el 80% de su valor y los remates de productos dados en garantías por los créditos del pasado prendieron una luz verde para que primero inversores locales y luego algunos fondos más propensos al riesgo trajeran sus divisas para producir en el país.

La inversión pública primero y la privada después propiciaron de motor de la economía que consiguió reducir altísimas tasas de pobreza y desempleo, permitiéndonos salir este otro espejismo, en el que nos creímos los peores de todos, los más pobres y regalados, creando un nuevo espejismo dentro de este, ahora los argentinos éramos eficientes y productivos, algo que tampoco fue sostenible en el tiempo.

Sin embargo, este artículo lejos de pretender ser un relato de nuestra historia contemporánea, busca dejar como mensaje a las generaciones que no vivieron tan de cerca estos avatares, que al igual que en las películas y los dibujos animados, quienes creen en los espejismos sufren y pierden. Que cuando la economía sonríe sepamos que esa risa tal vez, algún día termine. Que debemos estar preparados para cuando esto pase. También que en los peores momentos, si tuvimos la posibilidad de sembrar en el pasado, los efectos de las crisis se soportan mejor.

También, es un mensaje para todos los argentinos, particularmente para los políticos que son quienes juegan con sus decisiones los destinos del resto.

Un país que vive de espejismo en espejismo durante muchos años deja de ser tierra fértil para confirmar finalmente que se trata de un desierto en el que todo lo que se ve a lo lejos es irreal, algo que inhibe cualquier proyección, planificación e inversión.

 

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