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domingo 26 de junio de 2022

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06/08/22
La historia de la inflación – Parte 1
Agustin Arnal
06/08/22
La historia de la inflación – Parte 1
Agustin Arnal

Inflación, desde la Antigua Roma al mundo Crypto

No hace falta ser economista (ni una mente brillante, si viene al caso) para entender que salvo contadas excepciones -que además son temporales- los precios suben a lo largo del tiempo. En países como Argentina, es normal que un chico de 6 años sepa perfectamente que, cada tanto, el kiosco que le vende golosinas en el recreo sube los precios: tiene que pedirle más plata a sus padres.

La inflación es un hecho complejo en términos de teoría económica (tranquilos, no quiero aburrirlos). Pero, más importante, es un fenómeno bien práctico. No le pega solamente a los economistas, nos pega a todos. Doña Rosa podrá ser una de las metáforas más exageradas y acertadas que hayan existido: ella siempre compra dólares “para ganarle a la inflación”.

Está claro que entender la inflación es clave para poder evitar lo malo que trae y ¿aprovechar sus ventajas? Entonces, el tema es: ¿cómo funciona la inflación?

La Antigua Roma

Primero, saquémonos esto de encima: la inflación no es un fenómeno local, raro ni nuevo. Existen pruebas contundentes de que en el Imperio Romano no solamente existió la inflación, sino que fue una de las cosas que lo llevó a su decadencia y caída.

¿Inflación en el Imperio Romano? ¿Cómo puede ser? Por supuesto, hombre. La inflación nació en la Roma Antigua. Todos tuvimos esa clase de Historia (aunque tal vez no todos estuvimos despiertos): el Imperio Romano estuvo a la vanguardia en varios aspectos de la vida. Un ejemplo, la mayoría del derecho como lo conocemos hoy se basa en el derecho romano. Parecido a esto, la organización económica de Roma fue vanguardista y pionera, con todas lo bueno (y lo malo) que eso significa.

La expansión territorial del Imperio Romano significaba construir rutas, caminos, defensas, mantener un enorme ejército, funcionarios. Un aparato gigantesco, bastante parecido a los estados modernos, con el enorme gasto que eso implica.

¿Cómo se financiaba normalmente esta expansión? Típicamente, de dos formas. La primera era el trabajo esclavo de las conquistas (en criollo: los romanos no eran de avanzada en todo), y la segunda eran los impuestos que se le cobraban a toda la población, que serían lo más parecido a lo que hoy conocemos como sector privado. A pesar de esto, en algún momento hace más o menos 2.000 años, ni siquiera con esto alcanzaba, y los emperadores tuvieron la genial idea de ponerle cada vez menos cantidad de plata a sus monedas. Este achicamiento de metal noble dentro de la moneda se llamaba señoreaje.

Hasta acá, fantástico. Se podía tener más monedas para pagar todo lo que el Imperio quería hacer, sin gastar. Negocio redondo. El problema surgió porque la cantidad de cosas que se producían era prácticamente la misma. La cuenta es simple: si hay más plata dando vueltas por ahí pero la cantidad de bienes es la misma, el precio de los bienes termina aumentando porque la gente se empieza a “pelear” (económicamente) por los bienes. Quién sabe, tal vez algún niño romano tuvo que pedirle más monedas a su padre para poder comprar manzanas durante el recreo.

Primera conclusión, el señoreaje y la inflación benefician a quienes la generan: los Estados.

Estados Unidos en 1929

Hacemos un fast-forward de 1900 años y aterrizamos en una de las peores crisis económicas de la historia.

La gran diferencia que generó la crisis del ‘30 fue que con la enorme recesión, los precios comenzaron a bajar. Una especie de inversa de inflación: deflación.

El crack del ‘29 dio así origen a uno de los postulados más conocidos de la teoría keynesiana: según esta escuela, ante crisis, el gasto público (volviendo al ejemplo romano, construyendo rutas) puede ayudar a recuperar la economía.

Lo curioso es que infinidad de gobiernos usaron y usan este argumento para justificar aumentos del gasto público. Y, como vimos en Roma antigua, esto en parte redunda en señoreaje. En los estados modernos esto se hace emitiendo billetes.

La escuela keynesiana decía que esta emisión no tenía por qué convertirse en inflación siempre y cuando las personas tuvieran expectativas de que los precios se mantuvieran estables o bajaran (en 1929, esto era cierto). Surge así la idea de que siempre que existiera una ilusión monetaria. En criollo: aunque haya inflación, la gente sigue pensando en porcentaje «normal», sin ajustar. En esencia, el gobierno tiene la capacidad de “engañar” a la población.

Ahora bien, ¿qué pasa si consistentemente el gobierno utilizara este mecanismo? Por esto, precisamente, son tan importantes las expectativas en economía. Ejemplos no faltan.

Segunda conclusión: los gobiernos pueden aprovechar la ilusión monetaria, al menos transitoriamente.

 

No te pierdas la PARTE 2 de esta nota en donde te contamos la historia de la inflación en Argentina y cómo podemos proteger nuestro dinero.

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