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10/31/22

Primeros años: El no espacio-tiempo dentro del trance de la música

TShine

Eran las tres de la mañana y faltaban 3 horas para levantarme, bañarme e ir a la escuela. Era otra noche más con 16 años donde nada tenía sentido y se contaban los días para terminar el año. Entre despierta y dormida, busqué un disco que me había recomendado mi hermano John guitarrista, quien mencionó a Eric Clapton, me había comentado acerca del blues. Aquella noche, cuando escuche Texas Flood de Stevie Ray Vaughan fue cuando mi vida cambió. 

Soy del año ’99, de una generación donde la información siempre fue accesible, y la música muy fácil de encontrar. Pero también soy de la generación, donde la música encontró otro caudal de valor. La música modera, descartable e inmediata. No nací en una casa con padres músicos, ni tampoco con discos ni herencia artística, por lo tanto, nunca tuve la enseñanza de la cultura musical. Pero si puedo decir que, aunque no haya tenido una formación musical, tuve una educación musical en la calle de muy temprana edad y la vida me ha regalado momentos de libertad gracias a la música. 

La búsqueda del sentido

A los 17 años pasaba mis días yendo de bar en bar por Buenos Aires, llamada «la reme»que era la abreviación de «la re menor». Lo único que quería era sentir un solo de guitarra y una noche mágica, para al día siguiente ir al colegio y que todo tenga un poco más de sentido en mi vida.  

Una noche, me animé a cantar en una jam de blues, y ahí entendí que mi camino iba a ser por la música. Una sensación, una emoción, una verdad.  

Me había enamorado del rock y el blues, sin saberlo. Girábamos por las calles junto a mi hermano John y Kid, los dos guitarristas que conformaba el trio musical. La música nos transportaba a escenarios de cualquier tipo. Esperábamos toda la semana a ese momento, donde cerrabas los ojos y con tan solo un cambio de acorde, una dinámica, una intención en cada movimiento todo cobraba sentido. Era la energía, donde las noches se iluminaban de conversaciones con extraños, donde la luna nos acompañaba y el peso en la espalda por las guitarras no importaba. Dentro de esa inocencia llevábamos un gran sueño: lograr tocar música para siempre. 

La música es también la calle, la cultura y las personas. Y el rock es, como muchos dicen, un estilo de vida. Yo entendía que el hecho de que nadie me venga a ver cantar, no importaba, porque cerrar los ojos en medio de un solo de guitarra, significada estar en la totalidad, el infinito, en un espacio sin tiempo. La conexión conmigo misma significaba más que cualquier tipo de persona aplaudiéndome o  reconociéndome.  

Los años pasaron y el camino cada vez se solidificaba más en la música, conservando el mismo trio de músicos. Nunca olvidaré esos primeros años del rock, porque fueron reales y sinceros. Mi objetivo es siempre volver a algo parecido a ese primer trance cantando. Si tuviera que describir lo que la música significaba para mí, es un lugar de sensaciones, un piso sin techo empapado de emociones infinitas, un mundo donde lo menos incomprensible tiene sentido. Un puente entre las personas, y un regalo sensorial al cuerpo.  

Poder acceder a ese campo infinito, es para mí la razón y el sentido a estar viva. Nada tiene más sentido que una sensación real y viva.

Y jamás olvidarse de esa primera emoción escuchando lo que la música te regalo en esos primeros momentos, 

Porque al final, todo es efímero.

Pero lo que realmente trasciende y será eterno.

Es el arte. El amor. La música.

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