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09/19/22

La estrategia de la grieta

Gustavo Ammaturo

Si bien el concepto de “fundamentalismo” se asocia al ámbito de lo religioso, particularmente en aquellas religiones cuyas prácticas son rigurosas y poco tolerantes con los que siguen otros modelos, su interpretación se puede hacer extensiva hacia otros aspectos.

Las características generales de cualquier tipo de fundamentalismo se basan en:

  • la profunda convicción en algo que no debe ser demostrado,
  • la falta de tolerancia hacia cualquier cosa que cuestione o plantee algo contrario o diferente,
  • la aceptación sin reparos de que si algo es producto de lo que se considera fundamental será incuestionable y aceptado.
  • los fracasos del grupo de pertenencia son responsabilidad de otros,
  • los éxitos de los otros son producto de la casualidad, la suerte o factores externos, es decir que jamás serán merecedores de cualquier reconocimiento.

En general, todas estas cualidades escapan a la razón, en el sentido de ser producto de procesos intelectuales y conscientes, acercándose más a cuestiones emotivas, primitivas e inconscientes.

Los fundamentalistas carecen de autocrítica y son especialistas en encontrar las fallas en el resto.

Si ponemos en un extremo al fundamentalismo, en el otro estaría la duda.

Quienes carecen de esta particular forma de asumir las distintas realidades, sin cuestionamientos o dudas, por el contrario, buscan analizar alternativas poniendo más plasticidad al pensamiento a diferencia de los otros, más rígidos y estructurados.

Jaime Durán Barba es un consultor de imagen y asesor político que entendió muy bien las ventajas de contar con fundamentalistas dentro de las filas de los políticos que asesoró durante diversas campañas.

La espina dorsal de su estrategia se centra en definir, utilizando estadísticas y tecnologías, cómo detectar y fabricar fundamentalistas para sentar una base electoral y a partir de allí cómo llegar a esa porción de ciudadanos que dudan, los que en definitiva definen las elecciones.

En grandes rasgos, los votantes, si están bien trabajados, se agrupan en tres sectores, los fundamentalistas del grupo A (entre el 20% y el 30% del electorado), los fundamentalistas del grupo B (también entre el 20% y el 30%) y los influenciables, entre el 60% y el 40%.

Este modelo de estrategia electoral ha servido para que, durante los últimos 60 años, Argentina haya entrado en un proceso de polarización fundamentalista en el que los más dogmáticos para uno u otro lado, se acercan al 60% del electorado, mientras que el 40% restante padece la falta de representación en los planteos extremos.

En verdad, si en lugar de analizar la composición electoral del país, observamos cómo están distribuidos los votantes, encontraríamos que los influenciables son la minoría y los inmutables la mayoría.

La magnitud de la distribución ha producido que, lo que en un principio fue un modelo electoral, haya pasado a formar parte de un modelo de gestión.

La estrategia de la grieta, que ha servido a los partidos o alianzas dominantes, se trasladó a la administración pública tornando insostenible, por improductiva, cualquier intervención estatal. 

Todos los poderes, ejecutivo, legislativo y judicial se encuentran influenciados por la grieta, que pasó a ser una forma de administrar, legislar y juzgar.

Cualquier acción ejecutiva tomada por un grupo será rechazada por el otro. Cualquier propuesta de ley encontrará planteos opuestos con o sin fundamentos.

Los fallos judiciales son tratados como parciales por una parte, cuando favorece a la otra, llegando a la locura que una absolución o sobreseimiento resulta insuficiente o que una condena es buena o mala. 

Las reglas del fundamentalismo son ajenas y distantes para quienes dudamos, que solo podemos quedar como observadores de batallas entre otros, pero que se libran en nuestras casas, afectando nuestras vidas, nuestros patrimonios y nuestros sueños.

Evidencia de esta situación se encuentra en el crecimiento del estado en todas sus formas. 

Los fundamentalistas se contienen entre sí, cada uno dentro de su grupo, a tal punto que el resto de actividades privadas, de una forma u otra deben sumarse a alguno de los extremos.

El mejor de los ejemplos está en los periodistas de opinión y en algunos medios de comunicación. El tratamiento de cualquier tipo de información puede revisar observaciones o conclusiones diametralmente opuestas y ser planteadas con total normalidad.

Al igual que la escuela sofista, gran parte de los medios de información nos explican con igual rigurosidad que es de día o de noche a la misma hora. 

El crecimiento de una clase dirigente apoyada en un electorado que no piensa sino que solo expresa emociones solo ha servido a dirigentes en detrimento de los dirigidos.

Al igual que en fútbol, los planteos de River o Boca han postergado el desarrollo de otros equipos, solo que en el caso de la política y la gestión pública  lo que se posterga es el crecimiento del país y se acrecientan las pérdidas de oportunidades.

Es  hora de tomar consciencia que adaptarse a modelos fundamentalistas de segmentación de la sociedad solo sirven para promover una política mediocre, sin valor, que tendrá gestiones ineficientes.

Oficialismo y oposición forman parte de los órganos de administración y contralor del país. Juntos deben darnos explicación y rendir cuentas sobre sus actividades. El fracaso de una gestión es el fracaso de la política. 

Para nosotros, los ciudadanos no hay grieta, hay resultados.

¿Hasta cuándo seremos funcionales a los manejos especulativos de una clase dirigente que solo piensa en llegar, a expensas de la fragmentación ideológica extrema de sus ciudadanos, para justificar cualquier mal desempeño o delito?

Es muy probable que cuando, como ciudadanos, dejemos de ser fundamentalistas y pasemos a formar parte de los que dudan sobre mucho de lo que nos dicen, dejemos de ser funcionales a uno u otro lado de la grieta y pasemos a ser útiles para nosotros mismos. 

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