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12/24/22

«Licencia para matar»

Horacio Gustavo Ammaturo

Año 1989: estrena “Licencia para matar”, con el famoso agente James Bond

 

         Los agentes del servicio de inteligencia inglés, el MI5, contaban con  autorización para matar a quien consideran necesario si estaban en juego la seguridad de su nación o en algunos casos, la del mundo, poniéndolos en una categoría diferente de ciudadanos, a un lado, o por encima de las leyes que regulan las actividades del resto de los mortales.

 

         Coincidentemente con la distribución de este film, durante los años ochenta, el mundo comenzó a idear modelos para reducir los efectos de la emisión de gases de efecto invernadero que tienen gran influencia en el cambio climático que afecta tanto a las actividades económicas como a las personas.

 

         Los créditos y las asignaciones de carbono fueron conceptos novedosos que han ganado popularidad, principalmente entre quienes son los principales causantes del problema, los contaminantes, ya que, de esta forma, el modelo de acotar o compensar las consecuencias del daño ambiental que algunas empresas provocan con sus actividades, “de alguna manera pueden resolverse”.

 

         Al igual que James Bond, quienes contaminan a gran escala encontraron su “licencia para matar”, solo que, a diferencia de los agentes secretos, que cuentan con permiso para matar a los villanos, en este caso lo pueden hacer con cualquiera, sin distinguir raza, color, religión o cantidad.

 

         Sin dudas, las consecuencias humanas son las más significativas. Sin embargo, en  este documento analizaremos los resultados económicos que la falta de políticas y productos financieros de impacto positivo con la vida han tenido en los últimos años.

 

         De acuerdo con el National Centers for Environmental Information (NCEI, por sus siglas en inglés), que incluye a todos los Centros Nacionales de Información Ambiental,  organismo nacional de los Estados Unidos encargado en registrar y abordar los eventos climáticos y meteorológicos severos en su perspectiva histórica, EE. UU. ha sufrido 338 desastres meteorológicos y climáticos desde 1980 en los que los daños y costos generales superan los $2,295 billones de dólares.

 

         Sin embargo, en materia de impacto climático, las fronteras solo existen en los mapas. Las acciones ambientales trascienden los límites geográficos, conectando al mundo por agua, aire y tierra, a través de los productos que viajan de una región a otra y de las personas que se trasladan entre las ciudades, por lo que esos números ni siquiera comienzan a tener en cuenta el impacto ecológico global.

 

         Ante la demanda de respuestas y políticas que favorezcan acciones pro ambientales, el mercado ofreció la suya en forma de certificados y bonos de carbono, simplificando en esta variable cientos de prestaciones que la tierra produce necesarias tanto para la vida como para los negocios.

 

         El comercio de dióxido de carbono (CO₂) ha sido en gran medida ineficaz para reducir las emisiones reales. Lo único en lo que estos mercados parecen ser buenos es en fomentar el crecimiento desenfrenado del fraude financiero a través de la creación de activos intangibles para un grupo cada vez más exclusivo de comerciantes. 

 

Cómo operan estos modelos

 

         Imaginemos que existe un mercado internacional para el asesinato, uno en el que la licencia para matar de los espías de las películas pueda ser adquirida por quien tenga “dinero” suficiente como para comprarla.

 

         Cualquiera puede matar a otras personas, siempre y cuando cumpla con la cuota de asesinatos que el gobierno haya establecido, algo así son las asignaciones de carbono. Es más, si en un año le han quedado permisos por asesinatos sin concretar, puede venderlos a buen precio a otro con necesidades de matar insatisfechas.

        

         Las asignaciones han convertido a la contaminación en un derecho transable entre contaminadores, superando a la ficción, pues en este caso las licencias para matar son transferibles y onerosas.

 

         Incluso, el concepto de créditos de carbono aplicados a la compensación también verifican idéntica circunstancia por cuanto, en grandes rasgos, sería cómo transferir los créditos que obtienen los que producen vida, por ejemplo, una madre cuando trae un niño al mundo, hacia otra pueda aniquilar a otra persona.

 

         Es decir, que las compensaciones de carbono plantean una relación proporcional entre quienes conservan y mejoran las condiciones ambientales y los que la contaminan y consumen.

 

Net Zero: busca equilibrar nacimientos y muertes

 

         Si bien todo este planteo parece delirante, describe a través del ejemplo entre la vida y la muerte una de las formas en la que los mercados han encarado el desafío del cambio climático.

 

         Claramente, los objetivos de esta propuesta no se han cumplido, sin embargo, las empresas, las calificadoras de riesgos ambientales y las certificadoras de carbono administran un negocio de casi 100.000 millones de dólares al año.

 

         Los créditos de carbono podrían no ser tan inmediatamente devastadores como estos hipotéticos créditos por asesinato. Pero el resultado final sigue siendo el mismo: un mercado que se perpetúa a sí mismo, que no produce activos tangibles y existe exclusivamente para crear riqueza y poder para unos pocos mientras empeora las cosas para todos los demás.

 

Selvas y bosques se siguen desmontando y consumiendo

 

         Los mercados deben tener un lugar esencial en la transición a un mundo descarbonizado, sin que esto signifique mayores beneficios para los principales generadores de impacto negativo, por el contrario, ha llegado el momento para premiar a quienes conservan y castigar a quienes contaminan.

 

         Hasta hoy se han castigado a quienes mantienen las tierras vírgenes, pues el precio de este tipo de tierra es muy inferior a las que se destinan a la producción agropecuaria o al desarrollo de proyectos urbanísticos.

 

         Los mercados climáticos del futuro próximo estarán más orientados hacia la consideración de los servicios y provisiones que presta la naturaleza en su expresión más pura, dando valor a lo que se tiene, apuntalando para fijar un piso ecosistémico. 

 

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